Tazón de leche

  • María
  • De Mainz a Munich
  • Chiara
  • El reencuentro

María

Cuando tenía seis años mi mamá tuvo que inventarse una canción para convencerme de tomar la leche Enci (Empresa nacional de comercialización de insumos). Era algo así:

Tazón de leche, voy a tomar que una vaquita dejó caer, para crecer robusta y sana y no quedarme como una enana”, o “...como Luchana”, Luchana era yo y después fue María.

Tenía un cuarto en el sótano donde solía jugar con ella, porque prefería hacerlo ahí que en el suyo. Si lloraba le daba mis artes, que para sus ojos seguramente era lo más exótico que podía haber visto desde que nació. Así se distraía y dejaba de llorar cuando veía a su mamá, que no se le acercaba porque estaba en sus horas de ensayo, es cantante de opera en Mainz.

La leche Enci nunca me gustó, pero amaba la canción que mi mamá había compuesto y quise  cantársela a María, apostando por la melodía, ya que la letra sería sólo sonidos quizá hasta chistosos ara ella. María la escuchó, se rió y pidió que la cantara otra vez, así cinco o seis veces más, hasta que después era ella quien cantaba para mí.

Un día la escuché cantando por el Babyphone, un aparato que sirve para saber si el niño llora o si está durmiendo tranquilo, que tenía en mi cuarto. Ya tenía dos años así que dormía de corrido, pero de vez en cuando tosía.

Esa mañana María cantaba “Tazón de leche”, en castellano, la escuché y pensé que mi mamá no me creería si se lo contaba. Subí y le di un beso, ella me dijo que era la única que le daba un beso cuando se levantaba.

 

Luego bajamos y tomamos desayuno con Hasmik, una mujer sumamente trabajadora y valiente, que había visto explotar bombas en su propia casa y que había dejado Armenia y a su esposo para progresar con sus dos hijos en Alemania. Se encargaba de limpiar y cocinar en la casa.

Traía pasteles que María nunca hubiera podido comer porque su mamá se lo tenía prohibido, tenía miedo que su hija fuera obesa como una sobrina suya. Hasta en el nido prohibió a las profesoras que le den dulces.

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De Mainz a Munich

Pasaron un par de meses y María pronunciaba la ‘r’ de mi nombre con dificultad, pero cuando cantaba ‘Tazón de leche’ era casi imperceptible que era una niña alemana, cantando en castellano. Conocía a María como ella a mí, se aprendió los nombres de mis amigos viéndolos en las fotos que tenía pegadas en una pared. Sabía además que cuando quería ir al baño, comer un plátano o leer un libro estaría yo al lado.

Empezaba a acostumbrarme a la familia, aunque no llegaba a comprender la relación de Theresia con su hija. En un momento pensé que me estaba convirtiendo en Mamá a los 22 años, algo que no me asustaba pero si preocupaba y me daba pena, por María. Los niños para las mujeres alemanas son un gran tema.

Todo andaba bien, al menos así lo imaginaba, hasta que un cierto día Theresia  me pidió que dejara de trabajar con ellos porque María iría a un nido durante todo el día, algo sin sentido porque los Kindergarten en Alemania padecen de vacantes y para una niña de dos años es muy difícil conseguir una. No me explicaba que estaba pasando, me pasaron varias cosas por la cabeza, después de todo María pasaba más tiempo conmigo que con ella. El día que me tenía que ir María me dijo “¿vienes mañana no?”, la miré, le di un abrazo fuerte y subí rápidamente al auto que me esperaba.

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Chiara

Después de seis meses llamé un día desde Munich a Hasmik y le pregunté por María pero me contó que ya no trabajaba ahí.

La agencia de Au Pairs me había conseguido una familia en la ciudad donde siempre quise ir. A fines de Julio del 2003 viajaba en un tren rumbo a Munich. Después de varias paradas llegué por fin a la estación central. Ahí me esperaban Chiara y Ute, su mamá, era una tarde calurosísima de uno de los veranos más intensos en Alemania.

Sabía que tenía siete años y que el trato con ella sería muy distinto, no tenía que cambiar pañales pero sí ser persuasiva para que haga sus tareas y vaya a dormir temprano. Los Schöpperl tenían una pizzería (el papá de Chiara, Vito, es italiano), muy concurrida por cierto, la cual conocí ni bien llegué.

Era casi la hora de cenar Chiara fue la encargada de presentarme las delicias del restaurant de sus papás. Sabía más de prosciuttos y salamis que cualquier vendedor de carnes. Era una alemancita de rasgos italianos  que me pedía con mucha insistencia que le contara sobre María, me preguntaba cómo era e inclusive quiso aprender también a cantar ‘Tazón de leche’. 

Era verano y los colegios tenían las vacaciones largas, parábamos todos los días en la piscina de la Perfallstr (calle Perfall) tomaba helados, me bronceaba y me pagaban por eso.

Chiara era muy hiperactiva, si quería nadar en una piscina temperada al aire libre en el invierno lo hacía, si quería comer Sushi se lo compraban en uno de los mejores restaurants de comida japonesa en Munich. Si quería jugar flipper sólo daba cinco pasos hacia la esquina de su cuarto y lo prendía. Si quería tocar ‘Para Eliza’ se sentaba en otro rincón de su cuarto y tocaba en su piano.

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El reencuentro

Un día llegué a la piscina de la Perfallstr. (calle Perfall), Chiara vino corriendo porque quería que conozca a quien ahora es una de mis mejores amigas. Claudia era argentina, tenía un libro en las manos y ese día conversamos toda la tarde, ella cuidaba a Luisa y Antonia, que nunca saludaban a nadie y mucho menos sonreían. Después de unos meses Claudia logró que sonrieran.

 

Si bien los papás de chaira la consentían en todo yo trataba de aterrizarla, jugaba con ella y le contaba historias del tercer mundo, Con Chiara pasé Navidad comiendo caviar envés de pavo, la disfracé de una india en carnavales, fuimos al estadio a ver un partido del Bayern Munich vs. Bochum, tomábamos desayuno semidormidas antes de llevarla al colegio, jugábamos monopolio hasta que ella ganara, hacíamos la ensalada y se tomaba a cucharadas el aceite balsámico.

Chiara si entendió cuando tuve que irme. Me hizo prometer que le escribiría siempre y yo le prometí que regresaría en dos anos para el Mundial de fútbol. Le mandé una postal por su cumpleaños en Enero del 2006. Cuando estuve en Munich me quedé en casa de Steffi, una amiga alemana que es médico, que vivía a un par de cuadras de la casa de Chiara y una tarde decidí visitarla.

 

Las calles estaban idénticas la nieve cubría las veredas y los autos.  Llegué a su edificio y me detuve porque escuché voces, las reconocí era inconfundiblemente Chiara con una de sus mejores amigas, yo tenía otro corte de pelo y por eso dudé que me reconociera. Toqué, ella abrió la mire, le dije que era yo, ¿te acuerdas de mi? En los primeros cinco segundos no me reconoció, pero luego me abrazo gritando: ‘Lucy’.

Subimos a su departamento y Ute se sorprendió al verme, estaba más delgada y con el pelo corto. Ella estaba cargando a Tizziano, que acababa de nacer. Esa noche me quedé a cenar y pude comprobar que Tizziano era el complemento que necesitaba Chiara para crecer.

Pasaron dos semanas de aquella noche, regresé a despedirme y le hice prometer a Chiara que para volver a verme debía visitarme en Perú.

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