Avivar la justicia en las facultades de derecho

Reflexión
lunes 23 de julio del 2018
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Las reflexiones que comparto en estas líneas tienen como una base a una investigación por publicar, en la que abordo el lugar de la justicia, como fuerza anímica, en la educación legal. El texto se encuentra en proceso de revisión arbitral.


La justicia puede ser comprendida y sentida como una fuerza anímica que, como el amor o el miedo, motiva nuestros pensamientos y acciones. En ese sentido, lo más importante que tenemos que hacer, si queremos transformar el sistema, es avivar la justicia en el corazón de quienes lo habitan.

Esto debe ser hecho, principalmente, en donde se forma el “ser” profesional de los abogados: las facultades de derecho. ¿Estamos avivando la justicia en el corazón de quienes serán en el futuro jueces, fiscales, funcionarios, asesores, litigantes, árbitros?

A continuación, planteo cuatro aprendizajes que pueden darse en las facultades de derecho, y que forman en lo opuesto a la justicia. Lo hago con miras a que quienes las conforman se pregunten, con sinceridad, cómo están formando el ánimo de quienes en el futuro serán profesionales del Derecho. Por supuesto, son reflexiones para quienes están interesados e interesadas en transformar la realidad actual desde las aulas, y no para quienes abierta y dolosamente destruyen la justicia en nuestro país. Con estos últimos, no toca reflexionar sino luchar.

Una técnica sin límites, al servicio de quien tiene poder sobre nosotros

En las facultades de derecho, se puede aprender que en el derecho no hay respuestas correctas, que las palabras de la ley son infinitamente maleables, que hay que saber defender cualquier posición, y que el éxito depende de qué tan bien uno argumenta y consigue lo que otro le pide.

Ese otro, que fija lo que el estudiante y el abogado va a defender, es siempre alguien que tiene poder sobre su autoestima, su placer y su imagen. El estudiante argumenta lo que le garantiza una buena nota, que es lo que el profesor quiere oír; el practicante pre-profesional argumenta lo que le garantiza ser bien considerado, que es lo que su jefe necesita; el abogado argumenta lo que aumenta su “éxito”, que es lo necesario para ganar.

Se aprende también que lo que no se puede probar no es verdad, lo que, proyectado al ámbito profesional, puede conducir a defender cosas que uno sabe que no son ciertas, pero que la parte contraria no puede probar. La verdad que uno conoce no es jurídicamente relevante. Si se puede evitar la sanción, qué interesa la verdad.

La adquisición de una técnica sin límites, puesta al servicio de uno mismo, se consolida porque la formación ética prácticamente no existe. De hecho, está abandonada a un curso que a nadie le interesa y desligada del “pensar como abogado”[1]. No se transmite el sentido de nuestra profesión y del orden jurídico, como ligados a la justicia. No se genera un espacio mental en el estudiante para que se pregunte qué es lo correcto, ni el coraje para que actúe conforme a eso. No se aprende que el trabajo del abogado tiene límites éticos claros, ligados a valores que se derivan de la misión que tiene la abogacía en la sociedad.

Lejos de eso, un estudio de Luís Pásara muestra que en “(…) varios casos el profesor enseñaba a sus alumnos cómo circunvalar la ley; así, en una universidad pública de Lima, el maestro sugirió que para evitar un embargo era preciso pasar a tiempo los bienes a nombre de otra persona (…). En una universidad privada del norte, al discutirse un caso hipotético de violación, el profesor sugirió que se aconsejara al cliente casarse para evitar la sanción”[2].

Esto se replica en los centros de prácticas pre-profesionales, a todo nivel. Recuerdo, por ejemplo, una anécdota que ocurrió en un estudio de abogados: un practicante le dice a su jefe que considera que el cliente del estudio, quien había sido demandado, no tenía la razón y que debía pagar. El jefe le respondió: “bueno, de eso se trata, ese es el reto, siempre se puede encontrar la argumentación que necesitamos”. El practicante salió de la oficina pensando “he quedado mal, como un sonso”.

El “pensar como abogado” es un arte que se aprende mucho más para lograr reconocimiento que justicia. El éxito se encuentra con la capacidad para colocar las cosas de modo tal que otro, de quien depende nuestra imagen, placer y autoestima, esté contento.

La arrogancia de muchos docentes, que se sienten y actúan como portadores de la verdad, contribuye a esta destrucción del pensamiento autónomo, en manos de quien tiene una posición de poder.

Esto ha llevado a sostener que la educación legal forma abogados egocéntricos y dóciles, y no profesionales que sientan su profesión ligada a algo trascendente[3]. Por supuesto, uno se siente poderoso, porque torcer el orden genera la sensación de omnipotencia. La realidad, sin embargo, es que muchos han sido formados en el arte de vender su juicio profesional con docilidad.

Quien tiene poder puede hacer con la ley lo que quiera, y punto

En las facultades de derecho, los y las estudiantes aprenden por la experiencia, a través de lo que podemos llamar el currículo oculto: en las relaciones con los docentes, en el vínculo con la institución y sus autoridades, en el contacto que tienen entre ellos como estudiantes. ¿Qué se aprende, sobre la norma y la autoridad, en estas experiencias? En muchos casos, considero que se aprende que quien tiene poder puede incumplir la ley y tratar al otro como le dé la gana, y frente a eso nada se puede hacer.

Esto se aprende cuando el docente o la autoridad actúa como un ser todopoderoso, que incumple sus deberes sin dar ninguna explicación, que no reconoce sus errores, que cambia las reglas de juego a su antojo, que resuelve sin motivación, que trata de modo hostil y desigual a las personas, entre muchos otros ejemplos[4]. Ese mismo docente, sin embargo, sanciona a los estudiantes cuando estos incumplen sus deberes. La enseñanza es clara: si tienes poder, no se te aplica la ley, estas por encima de ella.

Esto se reproduce también en los centros de prácticas pre-profesionales, donde el estudiante debe incumplir el horario máximo fijado en la ley de prácticas, para “poderla hacer”; debe dar su DNI y suscribir documentos simulados, porque se lo ordenan; debe callar frente al acoso, porque así es el mundo del derecho penal[5]. Nuevamente, entonces, quien tiene poder hace con la ley lo que quiere, sin perder prestigio.

Frente a lo incorrecto y lo injusto, los estudiantes y practicantes aprenden a callar: por costumbre, porque “no les afecta”, porque “así son las cosas”, por la necesidad de ser reconocido y el miedo al rechazo; cualquiera que sea el motivo, el hecho es que se les entrena en el arte de callar cuando quien tiene poder hace algo incorrecto.

Este tipo de dinámicas han llevado a sostener que la educación legal forma en la reproducción de jerarquías[6], generando profesionales con poco coraje, deseosos de adquirir poder para estar por encima de la ley.

No se habla sobre la injusticia y, en todo caso, así “funcionan” las cosas

Las facultades de derecho, por lo general, no muestran la realidad del sistema de justicia en nuestro país. Enseñan lo escrito en las normas, donde las cosas suelen sonar lindas, pero no muestran las profundas y estructurales injusticias del sistema. Evidentemente, entonces, tampoco se desarrolla una actitud crítica frente a esta realidad y, menos aún, las herramientas para hacerle frente[7]. Cuando algo se critica, la frase que suena y resuena es “así son las cosas”.

Se puede hablar de las definiciones del debido proceso en Italia y Estados Unidos, y no decir nada sobre cómo la plata es la variable que más impacta en la “suerte” de quien pasa por el sistema de justicia peruano. Se puede hablar de la finalidad de la sanción penal en Alemania, sin hablar de la corrupción en nuestro sistema penitenciario. Se puede recitar normas del Código Penal de memoria, y no hablar de cómo el machismo emite sentencias. Se puede aprender derecho regulatorio, sin indagar cómo los intereses económicos, a través de puertas giratorias e invitaciones lujosas, terminan creando las mismas normas que los regulan.

En esa línea, una realidad que queda profundamente oculta es la de nuestra profesión. Se habla muy poco, o nada, sobre el estado de nuestra profesión y, principalmente, sobre su nivel ético. Vale notar también la casi nula importancia que se brinda a la historia del derecho peruano, que debería ser mirada críticamente para comprender su realidad presente.

Este “no hablar” sobre la injusticia, deriva en que los estudiantes aprendan a conformarse con un sistema que no comprenden, que deban amoldarse sin criticar y que no puedan entrenarse para ser vehículos de justicia.

Esto ha llevado a sostener, también, que la educación legal reproduce las jerarquías de la sociedad[8], al enseñar un sistema injusto como algo dado que no puede cambiar sustancial o estructuralmente.

El que destruye es exitoso, el que armoniza es débil

Estudiar derecho puede ser un entrenamiento bélico. Contrariamente a la finalidad del Derecho, que es generar armonía, muchas veces el éxito se asocia a destruir al otro, a “gritar más fuerte”, a desconfiar y camuflar, a reinar en contextos de discordia. Esto se aprende también a través de las relaciones entre estudiantes y docentes, marcadas muchas veces por la competencia extrema, la envidia y la falta de empatía. En todo caso, se entrena muy poco, o nada, en el arte de generar armonía entre personas o intereses opuestos. Muy al estilo occidental, se entrena al sujeto en el arte de enfrentar los opuestos, con miras a que uno de ellos domine al otro.

Esto ha llevado a plantear, desde una perspectiva de género, que la educación legal prefiere un tipo de personalidad bélico y no valora otros atributos de la personalidad y otros modos de ver y sentir la profesión y la realidad[9].

Avivar la justicia[10]

Avivar la justicia es formar en rectitud, en el coraje de preguntarse, con sinceridad con uno mismo, qué es lo correcto, y actuar conforme a eso. Quien actúa con rectitud no voltea la cara frente a lo incorrecto y no camufla para evitar la sanción. Lo que se opone a la rectitud es la perversión, que seduce con el arte de poner la realidad y los argumentos del modo que nos conviene. La perversión genera la sensación de omnipotencia, de poder someter el orden a nuestra voluntad.

Avivar la justicia es formar en equilibrio, en saber reconocer a cada quién usando la misma vara, usando los mismos platillos en una balanza bien calibrada, es evitar valorar a uno más que a otro por la posición, por el género, por el color, por la edad. Lo que se opone al equilibrio es la dominación, el tomar lo que no me corresponde, el inclinar balanzas por lo bajo, el gozar los frutos de balanzas intervenidas, el ser indiferente frente a la desigualdad.

Avivar la justicia es formar en armonía, en el deseo de unir lo separado con la finalidad de construir, en la capacidad de lograr que quienes tienen intereses y opiniones diversas se comprendan y convivan. Lo opuesto a la armonía es la discordia, que paga con el disfrute del pleito, con el gusto por destruir al otro, con la diversión de la intriga. La discordia lucra del enfrentamiento y asocia el éxito a la derrota de lo que se nos opone.

Mirar lo oscuro

Por supuesto, existen facultades de derecho que hacen esfuerzos por avivar la justicia en la educación legal, con buenos y esperanzadores resultados. El sistema de justicia tiene a muchas personas animadas por esta fuerza, que formaron su “ser” profesional también en aulas y pasillos.

He querido, sin perjuicio de eso, apuntar a lo oscuro, a la sombra, a lo que no nos gusta ver[11]. Pienso que toda institución, y cada uno de sus integrantes, podrán encontrar, dentro de sí, algo de lo que he compartido en estas líneas. Reconocer la propia sombra es quizá el mejor ejemplo que podemos dar en estos tiempos de crisis. Sin eso, no será posible transformar nada.

Al mismo tiempo, comprendo que la meta es difícil. Las facultades de derecho, y quienes las integran, no viven fuera de la sociedad, y nuestra sociedad tiene un vínculo con la norma y la autoridad que gesta muchas veces lo opuesto a la justicia. Sin perjuicio de ello, estoy convencido, sostenido en mi investigación y experiencia, que es posible avivar la justicia en la educación legal. Asimismo, creo que es una tarea impostergable y una responsabilidad ineludible que tenemos con el país.


[1] Esto se evidencia en dos tesis realizadas por estudiantes de derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú, para la obtención de sus títulos de abogados. Una de ellas, la más reciente y enfocada en el asunto, fue realizada por Adriana Tapia y Alonso Acosta, titulada La enseñanza del Código de Ética del Abogado en las Facultades de Derecho del Perú y calificada como sobresaliente en el 2017.

[2] Pásara. Luis (2004). La enseñanza del derecho en el Perú: su estado crítico. p. 18. Consultado en: http://www.sistemasjudiciales.org/content/jud/archivos/notaarchivo/430.pdf.

[3] The Harvard Law Review Association (1998). Making Docile Lawyers: An Essay on the Pacification of Law Students Source. Harvard Law Review, 111(7), pp. 2027-2044.

[4] Estos son ejemplos que he oído de estudiantes y docentes de diversas facultades a lo largo y ancho del país.

[5] Si bien la realidad del acoso y la violencia de género se da en todo ámbito del derecho, hago referencia al mundo del derecho penal por casos de violación de practicantes pre-profesionales en manos de abogados penalistas, que recientemente se han hecho públicos en nuestro país.

[6] Kennedy, Duncan (1982). Legal Education and the Reproduction of Hierarchy. Journal of Legal Education, 32(4), p. 591.

[7] Esta es una crítica común en la educación legal latinoamericana. Véase, por ejemplo: Montoya, Junny (2014). El estado actual de la reforma de la educación jurídica en América Latina: una valoración crítica. Revista de Docencia Universitaria, 12(3), pp. 177-200.

[8] Véase: Kennedy, Duncan, op. cit. p. 591.

[9] Menkel-Meadow, Carrie (1988). Feminist Legal Theory, Critical Legal Studies, and Legal Education or «The Fem-Crits Go to Law School». Journal of Legal Education, 38(1/2), pp. 61-85.

[10] Los atributos de la justicia que resumo en este punto parten de la comprensión de la misma como fuerza divina, en el pensamiento mitológico y la historia de las religiones. Lo mismo ocurre con los opuestos de la justicia que son, centralmente, atributos de la hybris griega.

[11] Sobre la sombra en la teoría de Carl G. Jung, y sus aplicaciones al mundo del derecho, puede consultarse: Mastro, Fernando del (2015). Estado sombra: lo inconsciente en las críticas al estado paternalista. Derecho PUCP, 74, pp. 397-414. Consultado en: http://revistas.pucp.edu.pe/index.php/derechopucp/article/view/13602/14226

COMENTARIOS

  • José A. Becerra Ruiz dice:

    Estimado doctor Del Mastro: Comparto su posición acerca de lo conlleva un replanteamiento de la educación jurídica que impartimos en las Facultades de Derecho , en una coyuntura que nos obliga a realizar un verdadero diagnóstico de cómo venimos formando a los futuros profesionales , de los paradigmas que cambiar en el aspecto ético y filosófico de la carrera . Pienso que la excesiva tecnificación de la abogacía ha hecho que se descuiden los verdaderos fines de regulación y armonización de los conflictos que se buscan resolver, más aún, contaminados con una cultura de la corruptela que ha venido en crecimiento inusitado en nuestra sociedad. A nivel de los colegas docentes de la FDCCPP de la UNASAM procuraremos socializar su ponencia para recibir sus opiniones y transmitirlas oportunamente. Atte. J. Becerra R., Decano .

    • FERNANDO DEL MASTRO PUCCIO dice:

      Estimado Dr. Becerra. Disculpe la demora en responder a su comentario, que agradezco mucho. Comparto su opinión sobre la necesidad de realizar un diagnóstico, que nos permita comprender aquello en lo que debemos mejorar, particularmente en lo que toca a la formación ética. Las facultades de derecho debemos cumplir un rol central en cambiar los paradigmas que menciona y construir un Derecho verdaderamente abocado a la justicia. Le agradezco mucho por compartir el artículo entre sus colegas. Sería muy bueno conocer sus opiniones y, de ser el caso, juntarnos a conversar al respecto. Me parece necesario estar cada vez más juntos en este difícil camino. Aprovecho para compartir con usted un artículo más extenso, donde desarrollo en detalle los puntos que menciono en el blog. http://revistas.pucp.edu.pe/index.php/derechopucp/article/view/20444/20359

  • Luis Ramirez Aguirre dice:

    Gratitud por tus reflexiones Fernando del Mastro: continua por esta línea de desarrollo. La dignidad inherente a la condición de personas nos dispone, desde nuestra más profunda intimidad a «crecer» en espíritu y en verdad, aunque ciertas «ligaduras» y sombras dificulten fuertemente su pronta realización. Pero teniendo lugar esa disposición (al desarrollo), hay razón suficiente para un optimismo realista, aunque tal vez no podamos constatar con los propios «ojos» los resultados positivos esperados. Como dice el evangelista, uno es el que siembra otro el que cosecha. El Señor Jesús te bendiga.

    • FERNANDO DEL MASTRO PUCCIO dice:

      Muchas gracias estimado Luis. Comparto tu optimismo sobre todo al ver a estudiantes que cada vez más se preocupan por el sentido de su profesión. Si bien puede que tome un buen tiempo ver cambios claros y extendidos, pienso que iremos viendo pequeñas mejoras, que de todos modos son valiosas en sí mismas. Por mucho tiempo la enseñanza del derecho ha estado separada de lo anímico, del «sentir» como un o una profesional del derecho, y creo que debemos comenzar a saldar esa deuda. Muchas gracias por tus buenos deseos. Aprovecho para compartir contigo un artículo donde profundizo en la temática. Seguro que te gustará ya que toca de modo más directo la idea de las fuerzas anímicas, desde una lógica del pensamiento religioso.
      http://revistas.pucp.edu.pe/index.php/derechopucp/article/view/20444/20359

  • Gabriela Carrillo dice:

    Muy buen artículo.
    Habría que concretar de qué manera, con qué acciones, podemos lograr el triunfo de la rectitud sobre la perversión, del equilibrio sobre la dominación y de la armonía sobre la discordia.
    Creo que el cambio real es el que logra comprometer a las personas: si ellas no entienden y sienten la justicia como lo que genuinamente es, el sistema seguirá siendo perverso, de dominación y de conflicto.

    • FERNANDO DEL MASTRO PUCCIO dice:

      Gracias Gabriela. La pregunta respecto a qué hacer es compleja y muchas veces muestra un panorama donde el cambio significativo pasa necesariamente por un cambio de fondo en las personas. Esto es muy difícil ya que cambiar exige a veces mirar de modo crítico el propio pasado, las propias motivaciones y los propios actos. En el mundo del derecho, por lo demás, es podría ser aún más difícil ya que la buena imagen es un bien muy preciado. Sigamos trabajando juntos, desde la pedagogía y el derecho, para mejorar poco a poco! Me parece que el foco en el currículo oculto es un paso importante que debemos dar. Te dejo el link a un artículo más extenso sobre el tema, del que te comenté hace un tiempo! Tus comentarios serán siempre muy bien recibidos 🙂 http://revistas.pucp.edu.pe/index.php/derechopucp/article/view/20444/20359

  • Hilda Rojas Sinche dice:

    De todo lo expuesto, concuerdo con varias ideas y reflexiones, aunque respecto de otras todavía mantengo cierto escepticismo.
    Lo que sí quisiera comentar con más detalle es la alusión a esta «casi nula importancia que se brinda a la historia del derecho peruano». Desde mi experiencia como estudiante de esta Facultad, puedo validar dicha afirmación. Pienso que esa escasa atención a esta rama del Derecho se explica, en parte, en la existencia de pocos cursos con contenido histórico en los planes de estudios. Pero aunado a este dato objetivo, se encuentra otro hecho relevante: en su mayoría, las y los profesores no incorporan una aproximación histórica en el estudio y enseñanza de las diversas figuras e institutos jurídicos en relación al caso peruano. Muchas veces lo que exponen en clase solo gira en torno a lo que el Derecho «es», y no a cómo «fue» antes y cómo se espera que sea después. Esto invita a que la o el alumno asuma al Derecho como un producto acabado y estático sin ser contrastado con la realidad social peruana. En ese sentido, las y los docentes deberían REpensar el contenido de sus clases así como los métodos de enseñanza que emplean y, en la medida de lo posible, incorporar un análisis no solo descriptivo, sino también crítico sobre cómo el derecho peruano y las instituciones vinculadas a la impartición de justicia (p.e. la Corte Suprema) fueron construidas históricamente ya sea en el ámbito del derecho civil, procesal, constitucional, etc. Claro que esta tarea de replantearse las cosas debe, además, estar cargo de la propia Facultad y de sus estudiantes. Estoy totalmente convencida de que muchas de las penurias por las cuales atraviesa hoy el sistema nacional de justicia encontrarán sendas explicaciones (mas no justificaciones) en la historia de nuestro derecho, sobre todo, el correspondiente al periodo republicano.

    • FERNANDO DEL MASTRO PUCCIO dice:

      Hola Hilda. Muchas gracias por compartir tus reflexiones sobre un tema tan importante. Me parece, a partir de lo que dices, que podemos pensar en la «transversalidad» de la historia del derecho como algo que debemos comenzar a hacer. Atender al pasado, como dices, nos permite comprender el derecho en sus diversas dimensiones y tomar una actitud más crítica. Desde el psicoanálisis, para comprender el presente es imprescindible mirar atrás atendiendo, sobre todo, al pasado que nos es incómodo. Muchas gracias por tu comentario, que me deja aún más clara la inmensa relevancia de la historia del derecho.

  • EDGAR ODON CRUZ ACUÑA dice:

    Mil gracias por su valioso aporte al estudio del derecho doctor. Suscribo y comparto íntegramente su preocupación. Desde las aulas universitarias que nos han motivado y enseñado a ser técnicos del derecho, a desvincular el derecho de la ética, a identificar la búsqueda de la verdad con la justificación de la idea a cualquier costo. Lamentablemente seguimos con el mismo dilema que se planteaba en la era de los sofistas (V, AC) pasando por el positivismo ilustrado del siglo XX. Soy Director Académico de la Facultad de Derecho en una Universidad Católica, me siento confortado de compartir con usted la misma preocupación en la enseñanza de nuestra noble profesión. Con respeto y reconocimiento, Edgar Cruz.

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