Javier Neves y la generosidad de una vida consagrada a ayudar a los demás

Institucional
martes 2 de marzo del 2021
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Autor: Abraham Siles

Profesor ordinario asociado de la PUCP

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Creo que el rasgo que define a Javier es la vocación de ayudar a los demás. Una especial generosidad lo distinguió nítidamente del resto. Lejos de mí sugerir que no tuviera fallas o defectos; los tuvo, como todos los seres humanos. No obstante, prevalecen en él las virtudes asociadas al desprendimiento y la preocupación por mejorar la condición de los demás.

Dice el rey Edipo, en un pasaje de la gran obra de Sófocles, que «ayudar a los demás con lo que uno sabe o puede es el más dulce de los trabajos». Javier llevó arraigada en el corazón esta enseñanza. Fue lo que dio sentido a su vida, lo que la hizo noble y la engrandeció. Lo que Javier supo y pudo, todo lo que estuvo a su alcance, lo consagró al servicio de los demás.

Su saber no fue sólo intelectual. Su inteligencia, su claridad mental, su raciocinio jurídico fueron notables. Y supo exponer en el aula sus amplios conocimientos legales a sus «jóvenes valores del Derecho nacional». Pero tan importante como esto fue algo más, su interés genuino por escuchar a los alumnos, por conocerlos, por entablar relaciones personales y así ayudarlos a descubrir y desplegar sus propios talentos, todas sus capacidades. Esa fue su vocación cabal de maestro, entregado a formar la conciencia de jóvenes que buscan su propio camino en medio de las incertidumbres y dificultades de la vida. En el centro de ese abrirse a los otros brilla la luz cálida de la amistad. Un espacio de diálogo y afecto que Javier siempre privilegió, para ayudar a sus discípulos a encontrarse a sí mismos y ser mejores personas.

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Javier se resistió siempre al poder. No lo atraían los fastos deslumbrantes que suelen acompañar a quienes ejercen potestades sobre comunidades y grupos. Él prefería el espacio íntimo, la reserva de las relaciones personales y los círculos pequeños de amigos y discípulos. Sin embargo, tenía también un acendrado sentido del deber. En un país de grandes desigualdades e injusticias, Javier apostó siempre por el cambio. Y sabía que eso exige sacrificios, entrega. Aceptó, pues, ejercer poder en determinados momentos de su vida. Fue ésta, empero, otra dimensión de su compromiso con la ayuda a los demás, la dimensión de lo institucional y lo colectivo. Otra forma de su amor por las personas.

Javier ejerció diversos cargos de dirección, varios de ellos muy importantes. Dirigió el Programa Laboral de DESCO, desarrollando tareas de apoyo y promoción del sindicalismo peruano, algo a lo que no renunció nunca. En la PUCP, fue jefe del Departamento Académico y decano de la Facultad de Derecho, además de miembro de la Asamblea Universitaria y del Consejo Universitario, también presidente del Comité Electoral. Fue asimismo ministro de Trabajo. En todas estas responsabilidades, consciente de su impacto general, de su influjo colectivo, Javier impulsó reformas que beneficiaran a la comunidad que le había confiado la responsabilidad de dirigirla. Vi a Javier varias veces entrar al poder, transitar por él y salir luego, siendo el mismo siempre. En este país de tanta gente ensoberbecida por el poder y que cede ante la tentación del beneficio personal y la corrupción, Javier enseñó también, siempre con el ejemplo, que es posible ejercer dignidades públicas con la nobleza y austeridad de quienes han interiorizado los valores republicanos, en procura del bien común y al servicio de las personas. En esto fue asimismo fiel a los valores de nuestra querida Universidad Católica, a la que tanto amó.

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A Javier, que fue ignaciano de corazón, hombre para los demás, le gustará que lo recordemos con una frase del padre Pedro Arrupe, prepósito general de la Compañía de Jesús, personalidad carismática y tan importante en la renovación de la orden de los jesuitas y de la Iglesia Católica toda, en la época del Concilio Vaticano II. La frase de Pedro Arrupe es: «No me resigno a que, cuando yo muera, siga el mundo como si yo no hubiera vivido». La vida de Javier, sin embargo, tuvo un sentido profundo, al consagrarse generosamente a ayudar a los demás, tanto en lo individual como en lo comunitario. El mundo, nuestro mundo, no es el mismo tras su paso.

Y el legado de Javier seguirá alentándonos, ayudando a cambiar la realidad, a transformarla. Él supo y pudo tocar los corazones y ayudar a mejorar a las personas desde la esfera interior, desde el alma, y supo y pudo también incidir en la sociedad para hacerla más justa y digna.

Gracias, pues, al queridísimo maestro y amigo por la generosidad de su vida.

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