Vacunagate y Eichmann en Jerusalén: La ausencia de reflexión ética en el centro de la crisis

Ética del Derecho
miércoles 3 de marzo del 2021
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Fernando del Mastro Puccio

Coordinador del Área de Ética de la Facultad de Derecho de la PUCP

Director de la Maestría en Política Jurisdiccional de la PUCP

Profesor ordinario asociado

El domingo pasado, el profesor Alfredo Bullard publicó un artículo de opinión titulado “La romántica banalidad del mal”, en el que utiliza el término acuñado por Hannah Arendt (banalidad del mal) para pensar sobre el Vacunagate. Aunque se trate de una opinión, pienso que es una buena ocasión para plantear una crítica que permita reflexionar sobre el sentido y alcance del pensamiento de Arendt en el contexto que nos encontramos.

La reflexión del profesor Bullard se limita a decir que, para Arendt, el mal es cometido por personas comunes, normales como cualquier otra, y no por monstruos. Aunque se trata de un punto usualmente mencionado, en realidad dice poco acerca de la banalidad del mal. Lo interesante no es tanto lo que Eichmann no es, sino aquello que caracteriza lo que sí es. En ello radica el valor del análisis de Arendt y su especificidad.

Al no entrar al fondo del análisis que realiza Arendt, Bullard deja el asunto tan abierto que puede luego asociar implícitamente la “normalidad” de la banalidad del mal a la idea de que todo ser humano maximiza sus intereses. Pero debe quedar claro que el análisis de Arendt nada tiene que ver con un ser humano cuya normalidad radica en que maximiza sus intereses. Podemos decir incluso que la banalidad del mal es una idea que mira en dirección opuesta.  

¿Qué caracteriza a Eichmann? Arendt dirá que es su incapacidad de pensar y actuar de modo autónomo. Por supuesto, como resalta Gros, con ello “no critica la cortedad o falta de inteligencia, sino la ausencia de juicio” (2018, p. 103). Más precisamente, estamos ante un sujeto que ha renunciado a la facultad de guiar sus acciones en función a la reflexión respecto a qué es lo correcto. Eichmann puede haber sido muy inteligente, pero su reflexión moral no guiaba su acción porque él mismo había renunciado a ello. Su lealtad con el régimen Nazi demandaba de él dicha renuncia.

No se trataba, incluso, de que Eichmann no tuviera la capacidad de advertir la falta de justificación y monstruosidad del accionar Nazi: él declara que, en su momento, pensó “(…) que la solución violenta no estaba justificada” y que “(…) era un acto monstruoso” (Gros, 2018, p. 102). Sin embargo, renunció a ese pensamiento y a seguir pensando porque no era su competencia pensar y decidir, porque su reflexión no tenía relevancia alguna para su acción. Dice, entonces: “Los mandamases habían dado sus órdenes. Yo solo tenía que obedecer” (Arendt, 2003, p. 10)

Con Eichmann tenemos, siguiendo a Gros, un sujeto que se desresponsabiliza, que somete su acción a la decisión de otro. Entonces, el nexo implícito que teje Bullard con la idea de maximización de intereses es claramente injustificado. Eichmann, lejos de ser un maximizador de intereses, es alguien que empeña su capacidad de pensar y guiar su acción moral al dejarla en manos de otro. Podemos entonces estar cerca del “estado agéntico” de Milgram, en el cual “(…) una persona se considera a sí misma como un agente que ejecuta los deseos de otra persona” (1973, p. 127). Los intereses que maximiza, por tanto, no son propios.

En el mundo del derecho tenemos muchos ejemplos, como el de aquel litigante que sostiene la postura que le dicta el socio o socia del estudio sin pensar qué es lo correcto o, incluso, pensando que es la postura incorrecta, pero que “el responsable del caso es el jefe o la jefa”. Podemos pensar también en profesionales del derecho que son jefes y jefas, pero se colocan a sí mismos en una posición servil a lo que el cliente decida y quiera, sin importar el propio pensamiento.

Podemos también encontrar ejemplos en el sector público: siendo procurador apelo porque me lo ordenan, porque “así funcionan las cosas”, porque “el responsable del asunto es el jefe”. En todos estos casos, opera una renuncia al propio juicio.

Por supuesto, encontramos también ejemplos en el Vacunagate cuando Málaga dice que “el Presidente solicitó la vacuna”. Como el jefe pide, no hay nada que pensar en términos morales.

Siguiendo con nuestra crítica, advertimos otro problema: Bullard deja entrever que el hecho que Eichmann sea una persona común significa que no estamos ante un asunto moral o de valores. Si nuestra lectura de la columna es correcta, en esto se aleja también de Arendt. Lo que ella sostiene en su libro Eichmann en Jerusalén (2003) tiene a la ética como centro de gravedad: renunciar a pensar y guiar la acción en función a valores es justamente el problema de la banalidad del mal. No es un asunto de incentivos ni de vigilar y castigar. Nada de eso.

La muestra más clara es la centralidad que da Arendt a la figura de Sócrates como modelo ético. En el último libro que escribió, La vida del espíritu, Arendt lo muestra como el filósofo que une como ningún otro el pensamiento con la acción, que la examina siempre y a fondo las razones que deben marcar sus actos y modos de vivir. Rechaza, entonces, someter la propia agencia a ordenes o a la opinión de la mayoría. Sin dicha actitud, de examinar los motivos y el propio modo de vivir, “(…) la vida (…) no sólo valdría poco, sino que ni siquiera podría considerarse una vida auténtica” (Arendt, 2010, p. 195).    

El problema de la banalidad del mal, entonces, es un problema de vida auténtica, es alegato a favor del razonamiento moral asociado a la acción, es inconcebible fuera de la reflexión ética. Cuando menos hace mucho ruido que Bullard diga “sin duda, la moral es importante. Pero (…)”. Para ponerle peros a la importancia de la moral, hubiera sido mejor prescindir de las referencias a Hannah Arendt.

Considero que el reto que enfrentamos es más grande que el que menciona Bullard. La salida, desde la lógica de Arendt, no es entrar al juego de castigos y refuerzos efectivos, ese juego conductista que solo tiene alcances limitados porque su concepción del ser humano es también limitada. Para reconocer la magnitud de lo que nos permite comprende Arendt podemos referir a otro autor que dedicó un lugar central a Sócrates en el último curso que dictó en el Collège de France: Michel Foucault.

En este curso, publicado con el título El Coraje de la Verdad (2014), Foucault presenta el arte griego de la parrhesía ética: aquel a través del cual el sujeto revela la verdad del propio pensamiento y del propio modo de vivir a sí mismo y al otro. No se trata, sin embargo, de revelarnos la propia verdad tan solo para saberla: lo que se busca es conocerla para ocuparse de uno mismo, para guiar la acción y la vida, para mejorar como sujeto moral.

En línea con lo anterior, Sócrates, aún ad portas de su muerte y frente a la propuesta de Critón de escapar de su celda, responde: “Es menester examinar si esto debe hacerse o no; porque yo, no solo ahora sino siempre, he sido tal que no he cedido a ninguno de mis amigos, sino a aquella razón que después de haber reflexionado me haya parecido la mejor” (Platón, 2017, p. 145). Y, al reflexionar, concluye que debe cumplir la sanción. ¿Un modelo muy lejano? Ciertamente, siempre que pensemos que el poder hace al corrupto, que la circunstancia es una fuerza irresistible para el sujeto, que la moral es importante, pero

El camino es difícil justamente porque nada tan fuertemente enraizado cambia realmente con refuerzos y castigos, más aún cuando se espera que sean aquellos que no tienen juicio moral quienes implementen esos mecanismos. Pienso entonces que no queda otra salida sostenible que la de enfocarnos en la formación en ética, comenzando por el desarrollo de la capacidad de examinarse uno mismo. 

Es más fácil, aunque ciertamente también más penoso, el camino de la renuncia al propio juicio. Quizá, como he sostenido en otra ocasión (Del Mastro, 2018), enfocarnos tanto en el refuerzo y el castigo, en el cambio que llega desde el exterior, sea en sí mismo un acto de renuncia a mirarse uno mismo, una forma de concebirse como un sujeto de las circunstancias y no de las propias decisiones.

Eichmann es un ejemplo de ello cuando dice lo siguiente:

“¿De qué me sirve hacer mis propios planes? Soy demasiado débil, no tengo poder. A partir de ahora (…) solo haré lo que me ordenen (…) cuando analicé mi situación (…) me sentí aliviado. En ese momento (…) me sentí completamente libre de culpa (…) Los mandamases habían dado sus órdenes. Yo solo tenía que obedecer” (citado por Gross, 2018, p. 104)  

En cierta medida, podemos decir entonces que sí hay un “interés” en dejar de pensar, en renunciar al propio juicio, aunque no sé si se trate del interés al que refiere el profesor Bullard. Desde un ángulo psicoanalítico, renunciar al juicio moral autónomo puede ser visto como un mecanismo de defensa: un modo de evitar reconocer la propia sombra, de eludir la culpa, de sentirnos aliviados aun haciendo el mal.

Referencias

Arendt, Hannah (2003). Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal. Barcelona: Lumen.

Arendt, Hannah (2010). La vida del espíritu. Barcelona: Paidós

Gros, Frédéric (2018). Desobedecer. Barcelona: Taurus.

Del Mastro, F. (2018). La dimensión desconocida de la regulación. Más allá del análisis económico de la regulación. Lima: Themis & Cides, pp. 139-187.

Foucault, Michel (2014). El coraje de la verdad. El gobierno de sí y de los otros, II. Madrid: Akal.

Milgram, Stanley (1973). Obediencia a la autoridad. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Platón (2017). Critón. Eutifrón, Apología, Critón, Fedón, El juicio y La muerte de Sócrates (Edición de la Academia Peruana de la Lengua). Alastor: Lima.

COMENTARIOS

  • Manuel León Ayarza dice:

    Buenazo!

  • Héctor Pittman Villarreal dice:

    La rutina procesal y un ideal del correcto desempeño de su función jurídica pueden llevar a pensar a los procuradores públicos que, en todos los procesos, sus actos como defensores del Estado deben expresar un claro mensaje de contradicción y que las decisiones que afectan los intereses de las entidades a las que representan solo merecen una respuesta inobjetable: la impugnación. Seguramente –suponen los procuradores–, agotando todos los recursos impugnatorios disponibles, los órganos de control gubernamental serán incapaces de objetar que actúan conforme a ley; además, actuando según una reflexión estandarizada, ellos, como personas honorables, irán adquiriendo un buen nombre y prestigio profesional entre sus pares. El problema de esta forma de pensar es que, muchas veces, los deberes funcionales de los procuradores públicos son vistos como engranajes de sistemas administrativos o burocráticos unívocos, donde la renuncia a la reflexión personal –una que ofrezca un tipo de pensamiento diferente a la impugnación forzada y regulada– es la primera instancia de la conciencia jurídica. Los procuradores públicos se convierten así en abogados homogéneos, donde determinadas conductas son esperadas y no hay verdadera libertad de actuación.

  • Natasha Saavedra Esquivel dice:

    Los pesos y contrapesos en la función correcta de un estado democrático, permiten delimitar las funciones de los supremos poderes, sin embargo, esto no quiere decir que muchas veces los funcionarios públicos no se encuentren en un limbo de doble funcionalidad, en donde la moral y ese “estado agentico” se batallan en lo más interno del ser humano. Entiendo la “maximización de los intereses”que planetea Bullard, sin embargo es una explicación que queda muy grande a las superficiales y ridículas justificaciones que rondan el vacunagate.
    No hablamos solo de moral, hablamos de leyes, constitución política, debido proceso inclusive hasta la premisa más básica de “nadie puede alegar ignorancia ante la ley”.
    Y si quisiéramos hablar de moral, de ética, en este caso en específico, estaríamos hablando también de leyes; porque por más complejo que queramos hacer ver muchas situaciones, muy en el fondo sabemos que ésta aparente “complejidad” se resuelve fácil teniendo la fiel convicción, de lo que está bien y lo que está mal y al tener una reflexión real y sincera del camino correcto, estamos per se, actuando conforme a la ley. Tomando total y absoluta responsabilidad de nuestros actos; porque de lo contrario, muy en el fondo sabremos que si algo sale mal siempre podemos decir “yo sólo obedecía”, “era mi superior”, “cumplía órdenes”, “no medite si estaba bien o estaba mal” “yo confié en lo que me decían” y esto es irresponsable, injustificable y mediocre.

  • Gabriela Jimenez Encarnacion dice:

    La reflexión ética es un mecanismo de comprensión de la vida, trata de entender a las practicas desde algo aparentemente simple: la idea del bien y del mal. Esto está cargado de un fuerte componente moral de la perspectiva judeocristiana occidental. Ahora bien, que tan pertinente es pensarse a sí mismo, cómo podríamos afirmar que dicha condición de negarse a lo bueno o lo malo, a lo que es socialmente correcto, es realmente lo correcto, es lo bueno y que el producto de aquello es una reflexión.
    El ejemplo usado de Arendt es de la segunda guerra mundial si bien se comprende el autor trata de trasladar esta reflexión a problemas contemporáneos como los ejemplos dados a lo largo del texto. En este caso como descifrar si realmente se refiere a la idea de juicio ya que este sin el concepto de ética que posee grandes cargas de moral sería poco concebible ¿cómo pensarlo sin ella?
    La idea de la ética muchas veces es infundada por “x” o “y” personaje, libro, discurso, época, etc. En el modelo concreto que menciona el artículo expresa que es cuando se pierde la capacidad de juicio, quizá éste en el ejercicio de la reflexión se sublima ya sea por la maximización del interés (la propia existencia de la persona), el sobrevivir o el desprenderse de una responsabilidad, pero realmente se puede pensar en la ética en un contexto como ese (subsistencia).
    Siguiendo el articulo podríamos indicar que a partir del sistema capitalista podemos evidenciar como ciertas prácticas con sutilezas diarias fomentan situaciones antiéticas: el machismo, la explotación laboral, la falta de oportunidades para los pobres, la limitación de servicios básicos a gente de escasos recursos, derechos como educación y salud negados a gente pobre. Esto último es considerado aceptable o normal desde un concepto ético: libertad. Es admitido en cualquier ámbito de la sociedad contemporánea y reproducido por el capitalismo actual. Que tan probable es que un ser humano común pueda configurar la crítica desde la reflexión dentro de ese entorno. ¿Cómo ir en contra de la reproducción continua de una supuesta normalidad infundada, incluso con cargas éticas y morales que tratan de instituir el bien y el mal? Si lo trasladamos a lo contemporáneo, no solo es no ético el servilismo mencionado en los ejemplos, sino que tampoco lo es la reproducción constante de ciertas prácticas pensadas como normales, incluso naturalizadas. La principal cuestión aquí sería ir más allá de repensar las prácticas que se concretizan en acciones, sino también repensar el sistema que las institucionaliza. Ya que el producto bien elaborado de aquello, somos nosotros los mismos seres humanos, quizá como el medio (aceptar lo socialmente establecido y reproducirlo), pero también somos el fin mismo (por la falta de critica) de dicha escasez de reflexión…

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